Mil seiscientos metros de altura. La postal se dibuja recurrentemente: árboles de lengas y nieve por doquier. Un acolchado blanco que cubre la Pradera del Puma sobre el Cerro Chapelco en San Martín de los Andes y que recorre cientos de kilómetros repetidos como un álbum de figuritas hermosamente fallado. A lo lejos, aparece el “Hombre de las Nieves”, un ser muy diferente a la definición del imaginario popular. Veo que no se los come, sino que viaja en un trineo tirado por perros Huskies. Y se acerca cada vez más.
Pablo Germann vivió 55 primaveras al extremo. Anduvo de acá para allá toda su vida, literalmente. Se fue de La Plata, lugar donde nació, por culpa de la última dictadura militar y no pudo terminar la carrera de Veterinaria. En su éxodo, llegó a Ushuaia en 1985 y allí su vida comenzó a girar en torno de la nieve. “Cosa que amo”, dirá más tarde en la charla.
Como trabajaba para una empresa de turismo, su jefe lo encomendó a la Base Esperanza, en pleno casco antártico. Allí recibía cada once días al barco Bahía Paraíso con un contingente de varios turistas que se quedaban para explorar la parte más austral del planeta. “Yo participé de las primeras expediciones científicas en la Antártida”, aclara mientras Pelé, uno de sus perros líderes, rezonga para volver a correr.
“No todos pueden ir adelante – continúa el hombre mientras señala a los animales – porque algunos tienen madera de cabecilla y otro no”. En su trineo hay seis canes de la raza Alaskan Huskie desesperados por retomar la pista, pero el hombre tiene más pinta de liderazgo que todos ellos. Es una suerte de “patrono de la montaña”.
En el Bahía Paraíso trabajaba Marta Velásquez, quien de tanto ir y venir, se enamoró de Germann y juntos lograron un Guinness: Son la primera pareja casada por Civil en la Antártida. Cosas raras si las hay. Más tarde, el barco naufragó y Velásquez rescató a toda su tripulación. Pero la vida del “Hombre de las Nieves” tendría más sorpresas en los restantes 25 años.
De Antártida viajó a Tierra del Fuego donde fundó su hostería “El valle de los Huskies”, un claro reflejo de su gran devoción y de su preciado tesoro turístico: los paseos en trineos tirados por perros. Sin embargo, y a pesar de ser el iniciador de esta actividad en Sudamérica, abandonó la isla porque le iba mal y viajó hasta San Martín de los Andes en busca de trabajo.
- ¿Por qué decidiste partir de Tierra del Fuego?
- Porque me equivoqué. Estaba a contramano de mi actividad. Allá la temporada alta es en verano y el tema de los perros, en esa temporada, no funciona.
- ¿Cómo fue que comenzaste a criar Alaskan Huskies?- Bueno, crío perros alaskanos desde hace 30 años (actualmente tiene un criadero con 80 perros) y soy el primero en realizar esta actividad en el hemisferio sur del continente. Conocí a los Huskies durante mi estancia en Antártida y allí fui perfeccionando las técnicas del viaje en trineo.
- Si bien son animales domésticos y con muy buena conducta, ¿Es difícil domesticarlos para enseñarles cómo pasear?- Ellos son extremadamente felices en la montaña. Son bichos que nacieron para esto y es algo que hacen por instinto. Yo los crío directamente en la altura donde tengo caniles con pasto, bajo techo, para que duerman por la noche y que puedan descansar.
Dos alaridos trenzan e una disputa a Linda y a Pepe. Se quieren morder de refilón, pero uno de los chicos que trabaja con Germann los detiene. El pibe es de la comunidad Mapuche Curruhuinca y sabe mucho de montaña. Pega un grito y es más que suficiente para provocar dos cosas, eco de altura y la paz entre los canes.
- ¿Cuántos kilómetros recorriste en trineo?- Hasta ahora llevo recorrida toda la Patagonia argentina. También uní el Valle de Punilla con Capilla del Monte, casi 70 kilómetros, en la provincia de Córdoba. Además competí los 15 días de Pirena, una travesía que consta de atravesar de oeste a este la sierra más importante del sur de Europa, pasando por parajes en Aragón, Cataluña, Andorra y Francia.
- Tu actividad no es muy conocida, ¿Hay muchos profesionales en el país?- A lo largo de Argentina somos pocos los Mushers (denominación a los ‘choferes’ de los trineos) y casi todos los que lo practican fueron alumnos míos.
Suelta las cuerdas. “Ok”, grita y los sabuesos relajan su rabo en las congeladas cumbres. Es que para guiarlos, Germann y los demás entrenadores les hablan con sonidos. Cosas más bien del tipo gutural y onomatopéyico: “Hep”, “Oh”, “Eoh”, se escucha por el bosque, mientras algún afortunado está sentado detrás de los seis Huskies paseando entre las Lengas.
En el verano, “como no hay nieve y, por lo tanto no hay negocio”, el Musher más importante de este lado del globo se pasa al Norte. “Tengo un pequeño emprendimiento en Cancún donde hago vuelo biplaza de parapente traccionado por lancha”, comenta. Lo mejor de ambos mundos: De tierras heladas a corales fértiles.
- Después de haber conocido los lugares más hermosos del mundo, ¿Volverías a vivir a La Plata?- La Antártida, por ejemplo, es un territorio desolado donde hay que rascar la cáscara para romper el silencio. Te puede provocar un gran amor o gran odio, pero me gusta. Yo viví una infancia muy linda en La Plata y entiendo que es una ciudad pintoresca, pero no volvería a vivir. Hoy en día elegí a San Martín de los Andes como pueblo y me siento muy cómodo.
- ¿Qué fue lo más extraño que te sucedió en tus viajes?- En 1999 estaba haciendo una prueba piloto en Las Leñas y me avisaron que tres personas estaban varadas en la montaña. Habían cruzado con un helicóptero y se les clavó. Agarré los perros y fui a buscarlos. Eran como las doce de la noche cuando llegué al lugar, cuando saqué al ultimo de ellos, se hicieron las cuatro de la mañana.