La historia antes de la gorra y la lengüeta

De los Wawancó al Cumbiatón. Historia de una música que supo interpretar los tiempos de una Argentina que no se quedó quieta. La cumbia villera, la "protesta" en ritmo de bailanta.
por
Pablo Noto / Ivan Rodríguez Alauzet
Cuarteto Imperial
Un tiempo atrás, mientras la Argentina se mantenía al margen del conflicto bélico más sangriento de la historia mundial, la música tenía otra importancia en la sociedad. No creaba ni ghettos ni tribus, era un bien popular. La década de los años ’40 sería, irónicamente, un decenio de fusión. La cumbia comenzó a mezclarse con el folclore nacional y así daría el puntapié inicial a una serie de cambios que terminarían por reformar el género para siempre.

Mas adelante, al tiempo que el rock sufría la mutación más importante de la historia de la música argentina, fueron el Cuarteto Imperial y los Wawancó quienes, junto a la influencia del merengue y el cuarteto, formaron un incipiente estilo autóctono. Además, el país dividiría el formato en varias corrientes: la cumbia norteña, la santafesina y la santiagueña. Fue en este tiempo cuando los términos “música tropical” y “bailanta” comenzaron a ser, también, bienes populares.

Los ’80 verían al nuevo estilo como un fructífero y masivo mercado. Así surgieron los primero locales exclusivamente enarbolados para bailar cumbia. Tropitango fue quien inauguraría la “movida” y más adelante, el clásico Fantástico Bailable abriría el espectro en Ciudad. Sin embargo, el verdadero estallido de la cumbia, como género, estilo y forma de vida, se daría en los ’90 cuando esta logró infiltrarse en todos los estratos sociales. “Fue la época en donde la gente pasó de las discos a las bailantas”, contó a 24CON Mauro Piñeiro, tecladista y manager internacional de Ráfaga.

A partir de la llegada de artistas como Antonio Ríos, Alcides o Lía Crucet, el universo tropical avanzó hacia el mercado de las radios y la TV. Los protagonistas comenzaron a formar parte del showbussines y la venta de discos de shows se triplicó con respecto a años anteriores. La llegada de discos de platino y disco diamante confirmarían la nueva titularidad del tropihit en la música nacional.

La ida del ex presidente Carlos Menem, el fin del milenio y el auge de la piratería dejaron a la cumbia en números rojos al punto tal de tener que reinventarse una vez más. La definitiva, quizá. Así, y para contar los defasajes sociales, nace la cumbia villera de la mano de su creador: Pablo Lezcano. Este nuevo estilo incitaba abiertamente a atacar a los chetos, a robar y a al consumo de drogas. Años más tarde, el comité de radiodifusión aplicaría fuertes multas y la temática tuvo que virar hacia otros nortes.

 


A mediados de la década de 2000, la cultura “yanqui”, devenida de los raperos y las clases marginales de Estados Unidos, irrumpió fugazmente en la cumbia nacional. Así fue como comenzaron a verse las cadenas de oro, los grandes anillos y las ropas anchas. Fue un tiempo de fusión: el reggaeton y el rap colisionaron para formar el último grito de las bailantas, el cumbiatón.

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